28 DE ABRIL DE 2017 |

El prestigioso BBC Mundo alerta sobre un triste final para el gobierno de Macri. Podría volverse a los escenarios del pasado.

Por Daniel Pardo
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En Argentina, un grupo cada vez más grande y diverso de economistas y políticos muestran preocupación por los niveles inéditos de endeudamiento a los que ha llegado el gobierno de Mauricio Macri, a un mes de cumplir un año en el poder. Saben que se va a quedar sin dinero para pagar a los emisores de deuda.

Este nerviosismo contrasta con el entusiasmo que se siente en algunos círculos y medios de comunicación, que celebran con frases como “no terminamos como Venezuela” el viraje de las políticas “populistas” del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.Con el cambio de forma y algunas medidas concretas –como ajustar tarifas de servicios públicos, negociar con la oposición y buscar más transparencia en las cifras– Macri logró generar la suficiente confianza interna y externa para pagar una deuda de US$ 9.300 millones con tenedores de bonos.

Con eso, Argentina volvió a los mercados internacionales después de 15 años. Y sí que lo ha aprovechado.

En estos 11 meses, gobierno, provincias y bancos argentinos han recibido US$40.000 millones en préstamos, con lo que la deuda pública queda en cerca de US$200.000 millones, que representan casi el 30% del Producto Interno Bruto (PIB).

Los números son alarmantes para algunos economistas; no por lo que revelen en sí, porque a niveles latinoamericanos Argentina sigue siendo uno de los países menos endeudados.

Lo que temen, más bien, es que la llamada “lluvia de dólares” pueda echar para atrás todo lo “bueno” que consideran se ha hecho para bajar la inflación, reducir el déficit y recuperar el crecimiento.

El mayor reto de Macri es lograr un ajuste profundo de las políticas públicas que permita equilibrar las cuentas sin que esto le torne el país en un mar de protestas.
Los traumas del pasado

El temor tiene el trasfondo en experiencias anteriores, cuando un alto déficit fiscal se financió con emisión de deuda sin la resolución estructural de la manera como Argentina paga sus cuentas.

Pasó, guardadas las proporciones, en 2001, cuando el esquema de financiamiento internacional se cerró de repente en medio de una profunda crisis política y económica que terminó en el famoso “corralito” (la restricción de los depósitos bancarios) y en una explosión social que dejó 39 muertos.

Pasó, también, en 1989, cuando varios planes gubernamentales para contener la inflación usando préstamos para financiar el déficit no funcionaron y se creó un ambiente de incertidumbre que disparó la fuga de capitales, generó hiperinflación y aceleró la salida del poder del entonces presidente, Raúl Alfonsín.

Y pasó durante el régimen militar en 1979, cuando el gobierno de facto hizo varias minidevaluaciones sin reducir el gasto y no pudo contener la pérdida de reservas, lo que obligó a hacer una devaluación traumática y llegar, una vez más, a rozar la hiperinflación.

Argentina, en su nueva etapa, ha recibido apoyo de varios frentes, entre ellos de Estados Unidos: Barack Obama y el Secretario del Tesoro, Jack Lew (foto), estuvieron en Argentina, en un gesto de aprobación.

Los argentinos saben del riesgo que implica emitir deuda, un mecanismo de financiación que en teoría es necesario y todos los gobiernos del mundo utilizan.

No en vano la deuda es uno de los aspectos que más utiliza la expresidenta Cristina Fernández, que representa a una facción importante de la oposición, para criticar a Macri.

“¿Adivinen quién lo va a pagar?”, se preguntó en una reciente intervención difundida en las redes sociales.

“No va a ser la banca extranjera, no va a ser el gobierno; van a ser los millones de argentinos y argentinas”.

Por qué puede ser un problema

Por mucho que sean críticos de Cristina Fernández, algunos analistas que cuestionan el endeudamiento del gobierno Macri comparten la preocupación de la exmandataria.

Aunque los analistas dicen que el ajuste no se ha hecho, el aumento de las tarifas de servicios públicos fue traumática para muchos argentinos, que viven con una inflación del 40% anual.

Y, en términos generales, lo explican así: los préstamos que ha recibido el gobierno no se están gastando en planes a largo plazo que puedan generar el dinero para cancelar esa deuda, sino en pagos de caja menor, reducción del déficit fiscal y aumento de las reservas internacionales.

La pregunta es qué va a pasar con la deuda y el gasto del gobierno el próximo año.

Los expertos consultados por BBC Mundo explican que las inversiones mixtas y privadas de hasta US$50.000 millones que Macri dice haber consolidado no son del todo directas y son consideradas “inversiones golondrina”.

En otras palabras, son capitales que pueden volver a salir del país en cualquier momento de incertidumbre o crisis internacional.

Macri ha mantenido los altos niveles de gasto público del gobierno anterior, en parte debido a la presión que ejercen sindicatos y gremios y en parte, aseguran analistas, porque en 2017 habrá elecciones legislativas.

Argentina tiene uno de los niveles más altos de gasto público de la región, que en un 80% se destina a servicios sociales (salud, educación o vivienda) y económicos (infraestructura, fomento o transferencias).

Si el gobierno sigue gastando más de lo que tiene, coinciden los especialistas, tarde o temprano, de una u otra manera, se va a quedar sin dinero para pagar a los emisores de deuda.

Y, con eso, podría volverse a los escenarios del pasado.

BBC Mundo habló con el Ministerio de Hacienda y Finanzas en busca de un comentario para este artículo, pero no obtuvo respuesta concreta hasta el momento de publicación.

Dos caballitos de batalla dominaron la campaña de Donald J. Trump. El de mayor impacto mundial fue su anunciada ofensiva contra los inmigrantes indocumentados, más de once millones de personas en riesgo de ser deportadas. El otro fue combatir a la clase política tradicional que representaba Hillary Clinton, el “establishment de Washington”. Si conectamos ambos, hallaremos una clave de lo que viene en Estados Unidos.

Hubo mucho efectismo en las promesas de Trump: levantar un muro en la frontera con México, cortar las importaciones desde China o abandonar la OTAN. El sistema institucional norteamericano impide que un presidente se siente a gobernar por decreto. La Casa Blanca comparte el poder real con el Congreso y la Corte Suprema. Eso no cambiará en los cuatro años que vienen. El “outsider” que llega para barrer a la “clase política” dependerá de ella.

Ya le pasó Barack Obama, que llegaba para renovar Washington tras la crisis. Sin apoyo republicano en el Congreso, decretó una amnistía para los indocumentados pero varios tribunales la congelaron. La Corte, último recurso, quedó empatada 4-4 entre conservadores y progresistas al fallecer el juez ultraortodoxo Antonin Scalia. Como el Senado rechazó el candidato moderado de Obama para cubrir la vacante, todo quedó en la nada.

Trump no tendrá ese problema. Los republicanos dominan el Congreso y designarán una Corte de mayoría conservadora. Las medidas de la nueva administración tendrán consenso político y legitimidad jurídica, aunque una mayoría social las rechace en las calles. Detrás del “outsider” Trump hay un liderazgo decidido a retrotraer al país a otras épocas.

El trumpismo nunca necesitó programa propio: Trump, una figura sin luces académicas ni experiencia en cargos públicos, sólo tradujo con consignas muy simples las ideas de los sectores ultraconservadores que coparon el Partido Republicano. El estilo mediático e  intolerante del “outsider” se verá muy condicionado por esa guardia republicana. Donde no coincidan sus planes, difícilmente le sirva su prepotencia.

En sus primeros días, el presidente Trump podrá revocar por su cuenta la amnistía a los indocumentados y el resto de las “medidas ejecutivas” de Obama: la prohibición de un gran oleoducto, la normalización de las relaciones con Cuba, control sobre armas y disposiciones sobre empleo y educación.

Por Jorge Argüello

Pero es en el eje Casa Blanca-Congreso-Corte Suprema donde se articulará la ejecución de las ideas extremistas que se vienen amasando desde la revolución conservadora iniciada por Barry Goldwater en 1964, reactivada por el Tea Party en los 2000 y recogida por Trump. Los antecedentes personalistas de Silvio Berlusconi o Vladimir Putin no sirven en este caso.

Del Congreso dependerá el grueso de la gestión de Trump: el fin del Obamacare y un nuevo sistema de salud; otro régimen migratorio; renegociar tratados de libre comercio; imponer aranceles a China; congelar la normalización de la relación con Cuba; deshacer los acuerdos con Irán; levantar las sanciones a Rusia por el conflicto con Ucrania; desconocer el Acuerdo sobre Cambio Climático; rebajar impuestos; recortar fondos sociales e introducir nuevas leyes sobre aborto y género, sobre derechos religiosos y electorales. También el ambicioso gran plan de obras públicas con el que pretende dinamizar la economía ya.

Sobran razones para temer a un personaje imprevisible e intolerante como Trump. Tampoco esta resuelta la interna del Partido Republicano que dejó muchos heridos y sectores influyentes que seguirán despreciando al millonario como un oportunista sin principios. Sólo algunos históricos como el ex alcalde Rudolph Giuliani creyeron en él.

Pero, por ahora, como se ve, Dios seguirá atendiendo en el Capitolio. Y las ideas reaccionarias de estos nuevos conservadores de Washington deberían preocupar tanto como las incógnitas que despierta el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

El economista Javier González Fraga habló del comportamiento empresario y además dijo que no está de acuerdo con todas las medidas económicas, pero "sí con haberse integrado al mundo, levantado el cepo, arreglado con los holdouts, reconstruido las reservas y haber bajado la inflación". Consideró que la mayoría de las cosas en materia económica se están haciendo bien, señaló que la inflación bajó y dijo que eso no se demuestra con el índice sino con la decisión empresarial de no trasladar la suba en los costos a los precios. Si la inflación bajó por actitud de los empresarios, ¿por qué siguen subiendo los precios?. ¿No será porque lo empresarios argentinos aumentaron sus precios y los consumidores no compran sus productos?.

Por Joe Black

"Lo más importante es lo que están haciendo, no los resultados inmediatos que se ven", dijo este miércoles por la noche el ex titular del Banco Central en diálogo con un canal de cable argentino, cuestionado por el 50% de la población, por considerado, entre otras cosas, como amigo del poder y receptor de los beneficios que ese acercamiento le concede. También señaló que "en teoría económica se discute si entre que se toma una medida pasan 6 o 18 meses para ver las consecuencias".

"Lo que estamos viviendo tiene que ver con lo hecho en los últimos 10 años y también con lo que pasa en el resto del mundo: un Brasil que está en recesión, una Europa que va para atrás, (Por si el ex funcionario no lo sabe, en España, por ejemplo, los precios de los comestibles están más baratos que en la Argentina. Un desayuno costaba en 2007 lo mismo que cuesta ahora) El riesgo del proteccionismo en Estados Unidos, (siempre existió en Estados Unidos el proteccionismo para sus productores, siempre subsidiaron), una región latinoamericana afectada por la demora del crecimiento en China", enumeró.

Y afirmó que en materia económica "no podemos creer que lo que está pasando hoy es consecuencia de lo que se decidió en los últimos tres meses". (En tres meses no, pero en 10 sí)

"Yo soy de los que cree que la inflación ha bajado más y estoy peleando por esto. Creo que está por debajo del 20%.

El economista dijo que "así funciona el mundo. En el mundo no se puede pasar a precios los costos. Cuando no hay inflación es porque no se puede pasar a precios los costos. Si tenés un costo o te baja la rentabilidad o tenés que aumentar la productividad".

Este es un argumento falaz del economista que sólo ve el comportamiento de un sector de la economía, pero no explica por qué en Argentina, no funciona la ley de la oferta y la demanda como en otros países.

Los precios siguen subiendo y van a seguir subiendo, porque los empresarios no están dspuestos a perder ni un sólo centavo de su ganancia, y trasladan permanenetemente los costos a los precios. Baja la inflación porque han bajado las ventas, porque el mercado no se mueve más que a nivel financiero.

El eonomista argentino, no le explica a la gente por qué siguen subiendo los precios. Por qué a la gente no le alcanza el dinero que gana para, siquiera, sobrevivir. ¿Quién o quiénes son los responsables?, si todo funciona tan correctamente como señala este ex funcionario.

Creo que este economista no conoce demasiado el mundo, o le quiere hacer creer a la gente que sí lo conoce.

Sólo voy a aportar un botón de muestra: hace poco tuve la oportunidad de entrevistar a un empresario textil con más de 30 años en el rubro, como fabricante de jeans e importador de algunos items que en su país no fabrica. Es una empresa familiar. Cuando el precio del dólar estaba a $ 9, la empresa ya lo calculaba a $ 16, y cuando se produjo la devaluación del actual Gobierno, subio sus costos un 40%, pero nunca más lo bajaron. Ni hablar del sector alimentos.

El economista parece desconocer cómo interviene el Estado con los productores en Estados Unidos o en Suiza.

En Argentina se habla mucho del Primer Mundo, pero muchos empresarios no resistirían el ordenamiento legal y las imposiciones tributarias que deben respetar quienes pretenden desarrollar una actividad productiva. Es nucho más fácil hacer dinero en una Argentina sin control y llevárselo afuera, a los paraísos fiscales. Otro artilugio d elos empresarios argentinos, parece ser, pedir que les estaticen la deuda privada. Algo que se observa desde la década de los `90.

En Alemania ya se hablaba hace más de veinte años atrás, que no se podía entender cómo funcionaba la economía argentina, que era algo inexplicable. Pero parece que este economista quiere hacerle creer al público argentino otra cosa.

Al parecer la culpa es de los consumidores que no se comportan como esperan los economistas que diseñan las estrategias y ponen en marcha planes para dirigir sus acciones rumbo al fortalecimiento económico.

Cada vez hay un mayor porcentaje de la población que utiliza tarjetas o cualquier otro método que no implica dinero en efectivo y los bancos y las tecnologías compiten para comprender se ha llegado el fin del dinero en efectivo. Al respecto opinó para Télam Eduardo Righi, director de Servicios Financieros de PayPal América Latina.

Por Eduardo Righi (*)

Se podría decir que el dinero es uno de los inventos más grandes de la humanidad. A pesar de la proliferación de otras formas, particularmente en el último siglo, el pago "en efectivo" tiene ciertas características que no tienen los otros métodos alternativos. Podemos citar algunas: la posibilidad del anonimato, la compensación inmediata y el hecho de que sea aceptado universalmente (en especial si nos referimos al dólar o al euro).

Asimismo, podría utilizarse incluso si el mundo se quedara sin energía eléctrica. No obstante, a pesar de todos estos aspectos maravillosos, según un reciente estudio publicado por The Economist, hay cada vez más economistas que insisten en la teoría de que los billetes llegarán a su fin, incluso por razones de higiene.

Se deben de estar preguntando: "¿por qué tanta importancia?". La mejor respuesta se puede encontrar en un libro llamado la The Curse of Cash (Maldición del Efectivo), de Kenneth Rogoff, publicado recientemente en los Estados Unidos. El autor, profesor de Política Pública en la Universidad de Harvard y ex economista jefe del FMI, explica el lado oscuro del dinero, el cual en el actual escenario tecnológico, todas sus excelentes cualidades no tienen efecto.

Rogoff habla sobre dicho "anonimato" respecto del uso del dinero. "Podría ser algo positivo si no hubieran delincuentes en la faz de la tierra." Pero existen, y por cierto, ¡hay muchos! Y el llamado "dinero contante y sonante" es la mejor manera de financiar actividades que involucran el tráfico, el fraude y el terrorismo.

De acuerdo con el economista, en este preciso momento hay más de US$1,4 billones de billetes en circulación fuera del sistema bancario. Para aquellos que trabajan en el sector financiero, y que ven más y mejores herramientas electrónicas en contra del fraude, la cifra es simplemente pasmosa. Nada puede ser peor  para los ciudadanos que cumplen con sus obligaciones, dejar su dinero a la buena fe. Sin embargo, sabemos que parte de este monto considerable no está en manos honestas.

Rogoff también sostiene que un mundo sin dinero (en donde la gente compre productos y servicios, pague cuentas, y haga todo tipo de transacción monetaria exclusivamente mediante tarjeta de débito o crédito o sistemas de pagos digitales) haría más efectiva la política monetaria del país.  Además, la seguridad de la operación es una realidad palpable que reduce sustancialmente el costo de cada operación (y ni si quiera lo estoy  comparando con el costo de producir dinero).

Muchos de los que odian la idea del final del dinero consideran que la población no bancarizada es un problema, que incluso los marginaliza aún más. Estamos de acuerdo, pero con los sistemas actuales la gente que tiene un teléfono inteligente también tiene una cuenta virtual, sin necesidad de tener un vínculo con los bancos o entidades financieras, lo cual reduce el problema.

También están los que dicen que las iglesias y las ONG sobreviven gracias a las donaciones, y que en su mayoría son anónimas, incluso porque, según una investigación de IDIS para el Instituto Ayrton Senna (con el respaldo de PayPal), más del 50% de las personas prefieren que sus donaciones estén en el anonimato. En otras palabras: creen que deberían hacer el bien sin necesidad de que nadie los esté mirando. De hecho, ya se puede donar electrónicamente de manera sencilla, segura y anónima. En definitiva, siempre hay maneras de hacer feliz a todo el mundo.

También están los que simplemente disfrutan de tener dinero en su bolsillo, para comprar una goma de mascar o pagar un almuerzo. No hay duda de que esto pareciera ser la excusa de mantener los billetes y monedas en circulación. Ya que no importa dónde está el dinero (en un billetera, en el bolsillo o debajo de las múltiples capas de la tecnología del mundo virtual), éste sigue siendo única y exclusivamente suyo.

(*) Director de Servicios Financieros de PayPal América Latina (empresa de pagos por Internet).

Fuente: Télam

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